miércoles, 27 de diciembre de 2006

DAVID HERSKOVITZ

Mariana 15/07/2006

No hay ateos en los huecos de los soldados en combate porque el terror de la muerte los lleva a reconocer que hay un mundo invisible, circundante a nosotros, que se compenetra con nuestra realidad diaria.
Hoy fui a ver la muestra antológica de David Herskovitz (1947-2006) en el ICPNA, lamentablemente mañana es el último día. Es una de las mejores exposiciones que he visto en Lima en los últimos años. Sin duda, recorrer esta exposición significa todo un viaje emocional del que no se puede salir ileso. Pese a mi esfuerzo, hay experiencias que no se pueden explicar con palabras.
Luis Eduardo Wuffarden, de agenciaperu.com escribio el siguiente artículo.
Al cabo de una vasta trayectoria y en plena madurez productiva, David Herskovitz (Indianápolis, 1925) no deja de ser reconocido hoy como una de esas grandes individualidades que marcan una suerte de "corriente alterna" en la evolución de las artes visuales peruanas a lo largo del siglo XX. Incorporado a la escena artística local desde 1960, este notable pintor de origen norteamericano construye su obra a partir de la lenta maduración de un vigoroso lenguaje figurativo, que resulta inusual entre los artistas de su generación. No obstante ser coetáneo estricto de los primeros pintores abstractos del país y de los vanguardistas norteamericanos -afiliados sucesivamente a la action painting, al pop y al minimal art- Herskovitz ha mantenido durante todos estos años una fidelidad irrenunciable a la pintura como espacio de representación y a una tónica expresionista heredada de los orígenes mismos de la modernidad que, a su vez, invoca remotos precedentes en el arte occidental.
Aunque es sabido que Herskovitz recibió las primeras clases de arte siendo niño en China, en un sentido estricto su período formativo transcurre en Nueva York durante los años de la posguerra, entre 1945 y 1950. Se verá influido entonces por maestros como Reginald Marsh y Harry Sternberg, quienes seguían adscritos al realismo social y urbano dominante en el arte norteamericano de los treinta, bajo el clima cultural de la Gran Depresión. Al iniciar su vida profesional, a comienzos de los cincuenta, la decidida opción figurativa asumida por Herkovitz se desarrollaría al margen de las corrientes de vanguardia que condujeron al triunfo del expresionismo abstracto y al protagonismo de Nueva York como nuevo centro del arte occidental.
Esa postura, marginal en su propio medio, influyó para que el joven pintor se trasladara por primera vez al Perú a mediados de 1960, atraído por las referencias dadas por un hermano suyo, quien le aseguró "un mundo pintoresco, de gran interés para su sensibilidad de artista". Ello se vio reflejado en dos grandes conjuntos de temas peruanos, producto de sus viajes por el interior, que presentó en la sala del Instituto Cultural Peruano Norteamericano de Lima en 1960 y 1961. A raíz de la muerte de su primera esposa -la pintora peruana Hilda Zegarra Ballón- en 1962, su pintura se orientará hacia una mayor hondura reflexiva de aspiración espiritualista que se patentiza en la serie de "pinturas negras" de 1963, pero sobre todo en el ciclo de los "sacerdotes", exhibido en la sala del Instituto de Arte Contemporáneo en 1965, con el que concluye su primera estancia limeña. Se trata de una suerte de retratos imaginarios, en los que la parafernalia litúrgica que envuelve al personaje prima sobre cualquier caracterización individual.
Después de una estancia de casi cinco años en los Estados Unidos, Herskovitz emprenderá en 1970 su retorno definitivo al Perú. Este tránsito se expresa en el ciclo pictórico de los "carniceros", iniciado en el barrio neoyorkino del Bronx, donde vivía, y concluido en Lima durante los primeros años setenta. A partir de entonces, Herskovitz consolida su relación con el medio artístico local, en el contexto de una vuelta masiva a la figuración por parte de los pintores peruanos. También alcanza la madurez de su estilo personal, que cobrará un definido aliento narrativo, a diferencia de los personajes y "retratos" de su producción anterior. El desnudo y la sexualidad explícitos cobrarán primera importancia, junto con los temas bíblicos, políticos y las escenas urbanas. Todo ello resuelto sobre formatos de dimensiones "heroicas", con una factura impetuosa de agresivo cromatismo y abultadas texturas, que tomaba como punto de partida una suerte de "azar controlado", en relación paradójica con la tradición de la action painting asimilada para sus propios fines.
Durante los años ochenta, el expresionismo gozará de inusitada vigencia en el arte peruano de un decenio marcado por la violencia política y por el protagonismo de una nueva cultura urbano popular. Tanto las generaciones jóvenes de artistas como la crítica de este período favorecieron el reconocimiento público de Herskovitz, quien pasaría a ser la figura emblemática para un sector importante de la pintura figurativa peruana. Entre tanto, la capacidad experimentadora del artista lo condujo, a partir de 1982, en busca de una tercera dimensión para su lenguaje pictórico. Surgirían así sus cajas, retablos y las construcciones tridimensionales que completaron el gran ciclo de Verdún, realizado entre 1985 y 1986 para conmemorar uno de los episodios más sangrientos de la historia contemporánea. De inmediato, la serie "En el laberinto" (1987) encerraba, en su crispado lenguaje formal, un claro contrapunto localista en el que el artista reflexiona sobre la violencia en el Perú y homenajea a sus víctimas. Su trabajo oscilará desde entonces entre la temática dolorosa de "El hospital" (1980), por momentos en clave autobiográfica, y el optimismo encarnado en el conjunto ecléctico alrededor de la Oda a la Alegría de Schiller (1989), con el que concluye el decenio. A partir de 1993, la actividad del artista se desarrolla en el marco de una vida discretamente retirada, que discurre entre la ciudad Arequipa y su campiña.
El importante Premio Tecnoquímica, concedido en 1996, fue la última ocasión en que se pudo apreciar una visión panorámica de su carrera, y comprobar que su instinto de pintor se mantenía intacto. Diez años después, la presente muestra antológica intenta recapitular, a través de sus grandes hitos, el carácter religioso -en un sentido amplio-, pero sobre todo la aspiración trascendente de una personalidad artística tan singular como la de Herskovitz, cuya obra entera traza un puente imprescindible entre lo peruano y lo universal, al tiempo que se erige ante nosotros como una enriquecedora y memorable épica de la contemporaneidad.