jueves, 11 de enero de 2007

El nombre de la rosa. Juego de signos

Revisando algunos archivos encontré este pequeño ensayo que hice hace varios años para un curso en la universidad, lo volví a leer y aunque hoy le haría varios cambios, creo que aún así es interesante. Ustedes juzgarán.


Cuando "yo" uso una palabra, dijo Humpty Dumpty en un tono bastante despectivo, significa exactamente lo que yo quiero que signifique, ni más ni menos. La cuestión es, dijo Alicia, si "puede" hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes. La cuestión es, dijo Humpty Dumpty, quién es el amo, eso es todo. (Lewis Carroll; A través del espejo, cap. 6)


¿Son los lenguajes medios de comunicación?, ¿qué comunican los lenguajes? Tendemos a responder fácil y rápidamente a esta pregunta..., pero las viejas objeciones de Gorgias resuenan todavía en nuestros oídos... Lo real no puede ser pensado, ni dicho, ni comunicado. Desde luego, las argumentaciones de Gorgias, son algo más que sofismas. Resuenan no por lo que callan, sino por lo que revelan... ¿Cómo puedo yo encontrar en las palabras de los demás otra cosa que lo que yo mismo pongo en ellas?, ¿cómo pueden coincidir en un mismo comunicado dos hablantes que son, por definición, heterogéneos?, ¿cómo puede la palabra, hecha de sonidos, referirse a cosas distintas de las sonoras? Nunca saldremos del laberinto y del malentendido si no suponemos la preexistencia de la ley, del código previo, del orden de la conciencia en la cual los signos pueden significar, porque nos hemos desenvuelto como sujetos en ese juego de escuchar y hablar. ¿Cómo nos comunica Gorgias la incomunicabilidad lingüística del pensamiento? Mediante símbolos lingüísticos.

Pero la esencia del lenguaje no se reduce, en absoluto, a su potencia para hacer patente lo pensado al semejante. El lenguaje no es sólo comunicación, por el contrario, sólo cuando es expresado por medio de signos cobra el pensamiento su existencia determinada. Decir esto no es más que recoger una de las ideas de la antigua dialéctica platónica, la idea de que pensar es seguir el movimiento del logos, tradición continuada por Spinoza y Hegel, para el cual la expresión no es un adventicio aditamento emanado del arbitrio subjetivo, merced al cual se torna comunicable lo interiormente imaginado, sino que es el venir-a-la-existencia del espíritu mismo, su representación[1]. Pero las lenguas, los lenguajes en general, son sobre todo métodos analíticos e históricos, no calcan la realidad, ni son nomenclaturas universales de una realidad invariable.

Sin ser el pensamiento, sin ser la realidad, el lenguaje, en su acción de significar, involucra a ambos: el término es signo artificial del concepto y el concepto es signo natural de la cosa. Así la significación sería, para Aristóteles y la tradición escolástica, la asignación de un nombre al concepto de una cosa determinada. Desde este punto de vista, el lenguaje es un instrumento con el que trabajamos mentalmente o comunicamos mecánicamente el pensamiento.

Podríamos considerar a Ockham como el iniciador de la desvalorización del signo, de una separación entre significante y significado consumada a expensas de este último. Stat rosa prístina nomine, nomina nuda tenemus[2] (la rosa primigenia persiste en su nombre, pero sólo tenemos nombres vacíos, sin substancia), no obtenemos más que un nombre desnudo, un sonido vano; sólo si cambiamos las modalidades de un nombre con otros nombres, es posible tener la noción de la rosa.

En calidad de semiótico, Eco formula el mismo pensamiento de un modo ligeramente diferente: todo signo es el interpretante de otros signos y todo signo interpretante es interpretado a su vez. Esto es lo que se denomina "semiosis ilimitada".

La semiosis ilimitada es un concepto que se refiere al código, no al mensaje. Es el hecho de que todo signo, lingüístico o no, es definible e interpretable a través de otros signos, en una circularidad infinita.


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En el presente ensayo propongo hacer una lectura de El Nombre de la Rosa como un complicado "juego de lenguaje", donde se tratan los problemas de semiosis ilimitada y de la intertextualidad. Es decir, interpretarlo como un ensayo semiótico y filosófico.

Wittgenstein decía que imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de vida[3], con esto quiere resaltar que cada lenguaje encierra en sí determinadas reglas o leyes que estructuran una manera de entender y percibir el mundo[4]. Por eso hablará de la existencia de una multiplicidad de juegos de lenguaje, como lo son el relatar un suceso, mentir, traducir de un lenguaje a otro, actuar en teatro, inventar una historia, etc.

En estos juegos de lenguaje, se entiende el significado de una palabra como su uso[5]. Es decir, el significado de un signo no se tiene en el signo mismo, sino en su relación con el código en el que actúa; un signo no significa nada si no se le considera en una red de relaciones mudables. No tiene referencias fijas más allá de los códigos. Se hace posible entonces interpretar una serie de hechos o de indicios de diversas maneras diferentes por completo unas de otras, porque la lectura depende del código escogido.

Pero, la idea originaria de signo no se basa en la igualdad, en la correlación fija establecida por el código, en la equivalencia entre expresión y contenido, sino que la idea fundamental de signo es la de inferencia, interpretación, semiosis: el signo no es sólo algo que está en lugar de otra cosa, sino que es siempre lo que nos hace conocer algo más; el signo es instrucción para la interpretación. A su vez, el significado es el interpretante del signo y el proceso de significación llega a ser entonces un proceso de semiosis ilimitada.

Esta es la idea que subyace en la elección de Guillermo de Ockham como referente para el personaje principal de la novela, en palabras del mismo Eco: Sólo en Bacon y Ockham los signos se usan para abordar el conocimiento de los individuos[6]. Es así como Guillermo de Ockham se convierte en Guillermo de Baskerville, un personaje que en su investigación hace caso omiso de las informaciones tradicionales y se vale exclusivamente de la lógica y de la razón, sigue huellas, decodifica signos. Y eso es lo que quiere a su vez Eco que hagan sus lectores, que ejerciten su competencia textual y procedan a la recodificación del texto, que no sólo vean palabras y signos sino que sean capaces de descubrir los lazos significativos, que comprendan la relación entre los signos.

En dos ocasiones Guillermo de Baskerville manifiesta esta intención: 1) Durante todo el viaje he estado enseñándote a reconocer las huellas por las que el mundo nos habla como por medio de un gran libro[7] y 2) Nunca he dudado de la verdad de los signos, Adso, son lo único que tiene el hombre para orientarse en el mundo. Lo que no comprendí fue la relación entre los signos[8].

Pero Guillermo de Baskerville no sólo tiene claras influencias de Guillermo de Ockham sino también de Wittgenstein, por eso no nos sorprende que lo cite al decir que el orden que imagina nuestra mente es como una red, o una escalera, que se construye para llegar hasta algo. Pero después hay que arrojar la escalera, porque se descubre que aunque haya servido, carecía de sentido[9].

Eco ha creado en esta novela su propio lenguaje, es decir, ha creado un mundo, en el cual las palabras no significan por sí mismas, sino que son el soporte de una enredada estructura superior. Donde los lazos asociativos entre significante y significado, tienen siempre un doble o tercer fondo gracias a la elección de símbolos ricos en contexto.

Es por esto que lo relevante del Nombre de la Rosa no es la trama de la novela; ésta es sólo la escalera, que debe ser arrojada para permitirnos ver la pluralidad de textos coexistentes y sus múltiples significados, que únicamente se hayan limitados por el nivel de competencia del lector.

El "texto" está allí, oculto en el laberinto, y la investigación policíaca se dirige hacia la escritura (o sea, hacia sí misma) no menos que hacia el descubrimiento del culpable[10].

En Apostillas al Nombre de La Rosa, Eco dice: Descubrí, pues, que una novela no tiene nada que ver, en principio, con las palabras. Escribir una novela es una tarea cosmológica. (...) La cuestión es construir el mundo, las palabras vendrán casi por sí solas[11].

Pero, no sólo construyó el mundo, sino también al lector. escribe pensando en un lector. (...) Cuando la obra está terminada, se establece un diálogo entre el texto y sus lectores (del que esta excluido el autor). Mientras la obra se está haciendo, el diálogo es doble. Está el diálogo entre ese texto y todos los otros textos escritos antes (sólo se hacen libros sobre otros libros y en torno a otros libros), y está el diálogo entre el autor y su lector modelo[12].

Así mismo, la construcción de El Nombre de la Rosa es una gran metáfora de la idea de Eco, de un doble movimiento en la colaboración del lector a la activación del texto, es decir, de la intertextualidad. Para esto, basta darnos cuenta que el diálogo central del libro se desarrolla entre hombres y libros, entre libros y libros, y sólo a través de estos últimos entre hombres y hombres.

Adso se da cuenta de esto al decir que: Hasta entonces había creído que todo libro hablaba de las cosas humanas o divinas, que están fuera de los libros. De pronto comprendí que a menudo los libros hablan de libros, o sea que es casi como si hablasen entre sí. A la luz de esta reflexión, la biblioteca me pareció (...) el ámbito de un largo y secular murmullo, de un diálogo imperceptible entre pergaminos [13].

Este proceso de intertextualidad se halla reflejado también, en la contraposición entre Guillermo de Baskerville y Jorge de Burgos. Guillermo acumula toda la energía creativa y analítica del lector-investigador (del lector modelo) y Jorge representa el libro codiciado que encierra en sí todas las posibilidades de paráfrasis, de traducción y de transfiguración. Este duelo es una batalla de lecturas y es una alegoría del diálogo entre el lector implícito y las estrategias textuales. Es el lector versus el texto.

El Nombre de la Rosa es el laberinto. Laberinto = libro = espejo = biblioteca = mundo. En la novela, el camino para salir del laberinto se descifra con la resolución de un enigma, la respuesta sólo es conocida por dos y es trasmitida del bibliotecario al sucesor. Eco es el bibliotecario y el lector modelo su sucesor.

Podríamos detenernos e ilustrar la innumerable lista de símbolos, de posibles lecturas, pero esa no es la intención de este ensayo y como ya ha sido comprobado, esta sería sólo una forma de entender la novela, sería sólo exponer mi diálogo personal con el texto.

En conclusión, El Nombre de la Rosa es un compuesto de signos y un "signo" de/entre otros muchos signos.

Como dice Wittgenstein, El lenguaje es un laberinto de caminos. Vienes de un lado y sabes por dónde andas; vienes de otro al mismo lugar y ya no lo sabes[14].


[1] H. G. Gadamer. Hegel y la dialéctica de los filósofos griegos en La dialéctica de Hegel. Madrid, 1981. pp. 46-7
[2] Umberto Eco. El Nombre de la Rosa. Barcelona. Plaza & Janés Editores S.A. 1998. p. 713
[3] Ludwig Wittgenstein. Investigaciones Filosóficas. Barcelona: Editorial Crítica-Grupo Editorial Grijalbo. Instituto de Investigaciones Filosóficas UNAM, 1988. Traducción de Alfonso García Suárez y Ulises Moulines. §19
[4] Después de escuchar a Salvatore, Adso comprende que toda lengua humana contiene reglas al ver que éste hablaba todas las lenguas y ninguna. Se había inventado una lengua propia utilizando jirones de las lenguas con las que había estado en contacto.
[5] "El significado de una palabra es su uso en el juego." Ludwig Wittgenstein. Investigaciones Filosóficas § 43.
[6] Umberto Eco. El Nombre de la Rosa, p. 749
[7] Ibid. p. 36
[8] Ibid. p. 702
[9] Ibid. p. 703
[10] Huguette Hatem. "La herejía nominalista" en Ensayos sobre el Nombre de la Rosa, edición a cargo de Renato Giovannoli. Barcelona, Editorial Lumen. 1987 (pp. 100-105) p. 102
[11] Umberto Eco. El Nombre de la Rosa, p. 746-7
[12] Ibid. p. 759
[13] Ibid. p. 349
[14] Ludwig Wittgenstein. Investigaciones Filosóficas, § 203